martes, 9 de agosto de 2016

"Los Maia", de Eça de Queirós




EÇA DE QUEIRÓS, José Maria, Los Maia. Episodios de la vida romántica, Valencia, Editorial PRE-TEXTOS, 2013 (2ª ed; la 1ª es de 2000); 835 págs. [Os Maia: Episódios da vida Romántica, 1888]. Traducción, prólogo y notas de Jorge Gimeno.
           


Una vez más, y como ha pasado tantas veces —y espero que siga pasando—, una buena lectura me ha llevado a otra mejor. Fue leyendo Filomeno a mi pesar, de Gonzalo Torrente Ballester, cuando encontré Los Maia citado entre los títulos que servían para enriquecer la imaginación y llenar las tardes de Filomeno Freijomil/Ademar de Alemcastre. La influencia de la obra del novelista portugués sobre la del gallego es obvia y me imagino que ya habrá sido estudiada.
Las líneas que vienen a continuación son unas simples notas de lectura, el reflejo de algunas impresiones o sensaciones que esta me ha dejado. La primera, principal y aglutinadora de todas las demás, ha sido un placer inmenso, aquel proporcionado por la lectura de una novela extraordinaria, escrita por una persona ya mayor, experimentada y de extensas lecturas, el escritor que parece volcar en la obra todos sus conocimientos y sus reflexiones sobre la vida. Entiendo que en Portugal Los Maia sea considerada por las personas de gusto, y aquí la expresión “de gusto” vale para caracterizar a los lectores cuyos gustos coinciden con los míos, como una de las novelas cumbre de las letras lusas, y eso a pesar, y sobre todo, de no dejar títere con cabeza en un país que Eça de Queirós (1845-1900) ve mediocre y habitado por medianías. Podría decirse que no puede escribirse bien sin un punto de malicia, y al autor, desde luego, no parece faltarle. Seguro que muchos lectores lisboetas se vieron reflejados en la novela y que algunos no vieron con buenos ojos esa crítica, de intención, por otra parte, regeneradora. Resulta obligatorio destacar también el cuidado de la expresión, del ritmo y la eufonía de la prosa, que parecen muy bien respetadas en la versión castellana. Sobre el particular llaman la atención estas afirmaciones del protagonista que, como muy bien escribe el señor Jorge Gimeno en la introducción, “no cuesta imputar al propio Eça” (pág. 10):

“—Cuestión de temperamento —dijo Carlos—. Hay seres inferiores para los que la sonoridad de un adjetivo es más importante que la exactitud de un sistema… Yo soy uno de ellos.

—¡Demonios! Así que eres un retórico…

—¿Y quién no lo es? Aún está por demostrar que el estilo no discipline el pensamiento. Como usted sabe, en verso la búsqueda de una rima es con frecuencia responsable de la originalidad de una imagen. Y cuántas veces el esfuerzo por completar adecuadamente la cadencia de una frase no conlleva nuevas e inesperadas perspectivas de la idea… ¡Viva la frase hermosa!” (Pág. 308). 
 
La lectura de la novela, en mi humilde opinión, puede considerarse una perfecta escuela de escritura. Copio aquí uno de los numerosos pasajes antológicos, una descripción de la vista desde la terraza del Ramalhete, en Lisboa, la residencia principal del protagonista. Obsérvese el movimiento de la percepción, en alejamiento y ascensión casi continuos:
“Y con un suspiro [Dâmaso] volvió a su Figaro. Se hizo otra vez el silencio en la terraza. Dentro, la partida continuaba. Más allá de la sombra del toldo, el sol comenzaba a calentar, batiendo en la piedra, en las macetas de loza blanca, con una refracción de oro claro en la que palpitaban las alas de las primeras mariposas, que volaban en torno a los claveles en flor. Abajo, el jardín verdeaba, inmóvil en la luz, sin un bullir de ramas, refrescado por el canto del surtidor, por el brillo líquido del agua en el estanque, avivado aquí y allá por el rojo o el amarillo de las rosas, por la carnación de las últimas camelias… El trozo de río que se divisaba entre los edificios era azul marino, como el cielo, y entre el río y el cielo, el monte ponía una gruesa franja verde oscura, casi negra por el resplandor del día, con sus dos molinos parados en lo alto, las dos casitas blanqueando en la orilla, tan luminosas y cantarinas que parecían vivir. Un reposo durmiente de domingo envolvía el barrio. Y muy arriba, por los aires, cruzaba el claro repique de una campana”. (Págs. 238 y 239).


Resulta difícil resistirse a una segunda lectura y a cerrar después los ojos para dejarse invadir por la luminosa sensualidad del paisaje lisboeta.

Eça de Querós
(noticias.universia.com.br)

La acción de Los Maia transcurre en Lisboa y alrededores durante la segunda mitad del siglo XIX, aunque el grueso de ella sucede a mediados de la década de 1870. El protagonista principal es Carlos de Maia, un muchacho de veintitantos años bien parecido, mejor educado y con un gran patrimonio a su disposición. Alrededor de él, y sobre todo de su abuelo, el querido y respetado Alfonso de Maia, se forma una especie de corte integrada por hombres, sólo hombres —eran una sociedad y una época aún más androcentristas que las actuales—, pertenecientes todos a las clases privilegiadas. La movilidad social aún era un sueño romántico poco menos que imposible. Los hombres se divertían con mujeres de la vida, siempre españolas, por cierto —más animadas y disponibles que las lusas—, y se casaban con mujeres portuguesas y de su clase, a menudo bastante más jóvenes que ellos, las cuales solían buscar complemento sexual en relaciones extramatrimoniales con hombres más jóvenes. La novela puede ser considerada un retrato colectivo de la alta sociedad de la Lisboa de entonces, característica a la que parece aludir el autor cuando pone en boca de Carlos de Maia unas palabras que vienen muy al caso:

“En cuanto Carlos se sentó a su lado, doña María le preguntó por aquel aventurero de Ega. Aquel aventurero, le respondió Carlos, estaba en Celerico, componiendo una novela con la que vengarse de Lisboa… titulada El muladar.

—¿Y sale Cohen? —preguntó ella, riéndose.

—Salimos todos, señora doña María. El muladar somos todos”. (Pág. 378).


El principal motivo de la acción de la novela es la vida amorosa de Carlos, que pasa por distintas relaciones hasta encontrar un amor romántico, descerebrado y completo, aquel en el que uno se entrega, y al que uno se abandona, como quizá no vuelva a hacerlo en su vida, de manera tenaz, valiente, confiada y catastrófica. En relación a este amor y a su naturaleza, principal elemento temático y motor de la acción de la narración, recomiendo al futuro lector de la novela se abstenga de buscar más información sobre ella, porque a las primeras de cambio se puede encontrar con que un comentarista insensible le ha desvelado el gran secreto amoroso que acaba de hacer el libro totalmente irresistible e inolvidable.
  En cuanto a cuestiones puramente narratológicas, decir que el relato corre a cargo de un narrador omnisciente clásico, en tercera persona, y el desarrollo del tiempo, en general, es lineal, exceptuado un interesante bucle temporal que se inicia en el capítulo I y se cierra a mitad del capítulo IV, en la página 125. Cabe destacar también como una “anomalía” el último de los capítulos, que incluye un salto temporal de unos diez años. Este, por otra parte, sirve a la novela de epílogo informativo, un poco en la línea de “qué pasó con…”: contiene información sobre la forma en la que ha transcurrido la vida de los principales personajes durante esos años. La novela finaliza de forma abierta, brillante y llena de modernidad, en la que unos personajes, repletos de contradicciones desde el principio, acaban sorprendiéndonos con la mayor de todas, la del que corre detrás de aquello por lo que no vale la pena correr, ese existir diario que nos hace tan vulnerables y llamamos vida.

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