sábado, 31 de enero de 2015

En el dique seco (II)




Pedro se dedica a escribir, a intentar escribir novelas. Tiene ya una, inédita por supuesto. A él, y de manera muy pedante, le gusta decir que es una especie de novela policiaca de raigambre anglosajona pero bañada de un claro barniz hispano. La acción transcurre en lugares calurosos y los personajes son pasionales, ardorosos y temperamentales. La intriga se va tejiendo alrededor de un crimen. Una viuda joven y de buen ver ha sido asesinada a cuchillo, en mitad de la calle y a plena luz del día. No hay testigos, o si los hay no quieren hablar, seguramente por miedo a las represalias que pueda tomar el asesino. La novela empieza de manera impresionante, con el asesinato, y, desde luego, consigue atraer la atención del lector, que devora ansiosamente las cuarenta primeras páginas, las que escribió con la inercia del primer impulso creativo. Al acabarlas dejó de escribir durante un tiempo —aún le falta la constancia de los verdaderos escritores— y al retomar la redacción de la obra no supo mantener el mismo tono. A partir de ahí, la novela, titulada Cuchillo sangriento, aunque no deja de tener cierto interés, se pierde en un ininteligible dédalo de sospechas e implicaciones que cansa al lector normal, el que deja sin acabar el libro que se le cae de las manos. De ahí que no haya encontrado editor. Aunque es consciente de la necesidad de reescribir toda esa parte, no se ha puesto a hacerlo todavía, y más desde que conoció a Adela. Siente que su mente está bloqueada, que sólo funciona para pensar en la muchacha y hacer lo posible y lo imposible por verla. Además, con lo ocurrido ahora, no podemos esperar que vuelva a escribir en muchos meses.
Vive solo desde hace unos años, desde que su madre murió y le dejó sus ahorros, modestos pero suficientes para llevar una existencia normal. No es una persona que tenga unas necesidades materiales excepcionales y así puede vivir de forma desahogada y sin trabajar a sueldo de nadie; se siente más libre que mucha gente. Por no tener, no tiene ni televisión, un aparato cuya contemplación le aburre, le indigna o, simplemente, le da sueño.
Esperanza, su hermana, vive en Madrid casada con un muchacho de Orense con quien ha tenido ya tres hijos. Se pasan todo el día trabajando para sacar adelante a la familia. Cuando se encuentran, bien porque él vaya a Madrid o su hermana y su familia vengan al pueblo, su cuñado, en medio del fragor de la batalla que supone alimentar o bañar a los niños, suele decirle:
—Pedro, cuñadito, no te cases nunca.
—No te preocupes; ya me tengo la lección bien aprendida —le responde sonriéndole.
Pedro es una persona honrada consigo mismo y con los demás. Sabe que el amor de por vida no existe, que uno puede enamorarse, sí, pero también desenamorarse, y no piensa unirse oficialmente a nadie para tener que separarse a los pocos meses o al año o vivir una doble vida. Cree en la existencia de una pareja unida por el amor, pero en una existencia limitada. Quizá es demasiado joven. 


*

¿Dónde estará ahora? Hay que ver qué cosas tiene esta mujer... ¡Mira que fugarse de su casa y con un hombre que conoce  tan poco! A saber cómo la trata. A mí no me gustó nada desde que me lo presentó, aquel día que me los encontré de sopetón al doblar una esquina: ella iba abrazada a él, como pretendiendo atraparlo, y él con las manos en los bolsillos, ¡con una pinta de chulo...! Luego he oído por ahí comentarios sobre la conducta de ese hombre que no prometen nada bueno para ella. Según me han contado, está más puesto en vivir de las mujeres que en vivir con ellas. ¡Pobre Adela, tan joven, tan bonita, en manos de ese desaprensivo! Conmigo hubiera sido mucho más feliz, eso es seguro. Le hubiera dado todo lo que creo que no va darle ese hombre: compañía constante y ternura. ¡Ojalá tenga suerte y salga con bien del lío en el que se ha metido, una locura de juventud, algo que ella no ha podido pensarse muy bien! A mí, que me ha considerado siempre su mejor amigo, me lo contó el día antes, cuando ya lo tenía todo decidido y preparado. Seguro que lo hizo así para que no intentara disuadirla. Me quedé tan sorprendido que no supe qué decirle para desengañarla, y, además, ya era tarde para intentarlo: ella estaba tan lanzada que no la hubiera parado nada ni nadie. 

*

Justo enfrente del Coral, en la otra acera de la calle, hay unos jardines públicos de cierta extensión, la suficiente para que varios grupos de personas puedan distribuirse por ellos sin invadir el espacio vital de los demás. De entre el césped, bastante bien cuidado aunque parezca mentira en una ciudad del Sur, se levantan robustos troncos de pinos mediterráneos y sauces llorones, todos rozagantes y lustrosos. En la época invernal los sauces se desnudan de sus hojas pero los pinos conservan las suyas y siguen perfumando los alrededores con su aroma a montaña, a nube y a río. Este es el lugar de los muchachos fumadores. Allí se pasan las horas cantando con la guitarra, bebiendo litronas y fumando porros. Para ellos la existencia consiste en conseguir el dinero suficiente para comprar hachís y cerveza y  pasarse allí el día, tirados en el césped y dejándose invadir por la placentera hilaridad que produce la mezcla de esas drogas. Cualquier cosa menos coger de una vez las riendas de su vida.
Uno de los habituales de los jardines es Benito, un hombre de una generosidad muy por encima de lo común. A sus veintipocos años tiene una experiencia que ya quisieran en Medina muchas personas de edad madura. Ha viajado por todo el Magreb, trabajado en la Costa Brava, en Mallorca, buscando siempre la forma de ganarse la vida. Sin haberle enseñado nadie, dibuja con una perfección envidiable y toca la guitarra de manera aceptable, aunque muy rara vez lo hace en público. Siempre tiene palabras y gestos de cariño para todo el mundo, pero lo suyo más que hablar es escuchar. Jamás da un consejo a nadie, simplemente escucha y calla; con eso, los muchachos que lo buscan se van satisfechos. Es un poco el pañuelo de lágrimas de todo el mundo, el gran hombro y la gran oreja, una especie de sicoanalista pero mucho más cálido y acogedor. Todos lo conocen por Malospelos.
—Malospelos: a ver si puedes venir esta tarde a mi casa a arreglar la cisterna del cuarto de baño, que no para de tirar agua.
—Vamos ahora si quieres.
—¿Me puedes afinar la guitarra, Malospelos?
—Déjamela —y la afina sin permitirse tocar más de dos o tres acordes: tiene público y eso no le gusta.
Estos muchachos muy rara vez traspasan la puerta del Coral y las veces que lo hacen es para buscar a alguien o pedir un vaso de agua; intentan mantenerse al margen del tipo de vida que siempre han citicado, aunque, muy posiblemente, al cabo de unos años —cuando, por necesidades económicas, se integren en el sistema que tanto detestan ahora—, acaben sentados a diario junto a la barra, gastando en consumiciones el dinero que antes no tenían.
Por ahora, siguen sentados allí, en el suelo del parque, a la sombra de los pinos o escondidos tras los cortinajes de los sauces llorones, escuchando a Janis Joplin, Bob Dylan y The Animals y huyendo de la era del ordenador y el teléfono portátil por la puerta de la imaginación y los paraísos artificiales. Son unos inconformistas.

*

En uno de esos grupos de fumadores va a encontrar Pedro un alma gemela en cuestiones artísticas. Se van a conocer en un concierto de rock que se celebra un sábado en la plaza de toros. El cartel se compone de los siguientes grupos:

LA PANTOJITA Y LOS INCANSABLES DE TORREBLANCA

JULIO IGLESIAS Y SU PADRE SECUESTRADITO

LA BRUJA PIRUJA Y SUS GRANUJAS
RECIÉN LLEGADOS DE ANDÚJAR

ENCHUFADOS EN LA JUNTA

LOS DEL MONTÓN

PEOR IMPOSIBLE

Es una noche musical inaudita, casi mágica, de esas en las que los equipos de música suenan bien, la acústica del local es buena y los verdaderos melómanos, los que van a estos espectáculos a escuchar Música, se van a dormir satisfechos.
Pedro, como casi siempre, llega solo al concierto y continua solo la mayor parte de él. Aunque hay muchos visitantes de fuera —sobre todos los incondicionales de los grupos—, de un par de golpes de vista distingue entre el público a la gran mayoría de los clientes del Coral, que esa noche se ha quedado vacío. Entre ellos se encuentra Andrés, un muchacho con el que nunca ha hablado pero conoce de vista. Están cerca uno de otro. Andrés se le aproxima con la mano derecha extendida y una amplia sonrisa en la mirada.
—Tú eres Pedro, ¿verdad? —le dice mientras le estrecha la mano con calor.
—Sí... ¿Nos conocemos?
—Nunca habíamos hablado pero yo he oído por ahí que te dedicas a escribir y, como yo hago lo mismo, tenía muchas ganas de conocerte. Mi nombre es Andrés.
—¡Encantado, Andrés! A ver cuándo quedamos y nos intercambiamos lo que escribimos.
Mientras hablan se les ha acercado María, la muchacha que anda ahora con Andrés, una mujer estilizada como un retrato de Modigliani. Le coge la mano a su hombre y permanece en silencio mientras mira despacio a Pedro.
—Pedro, está es María, una buena amiga mía.
—Encantado, María. Es un placer conocerte.
"¡Huy! ¡Qué finolis!", piensa María. "¿Dónde habrá aprendido este tío esas palabras?"
Andrés continúa la conversación, interrumpida durante un momento por la agradable llegada de María.
—¿Quedamos para el lunes en el Coral?
—¡Claro!
—¿A las cinco?
—Perfecto; allí estaré.
Se despiden y siguen cada uno en lo suyo. A Pedro le gusta tener la cabeza en su sitio y, debido a ese afán de lucidez, hace años que ha perdido la afición por los porros y por el resto de esas sustancias que distorsionan las percepciones sensoriales; de ahí que se aburra un poco con los que las consumen cuando están en ello, algo que, a ciertas edades, algunos están haciendo todo el día. Por eso prefiere estar solo a integrarse en un grupo en el que los demás están como en otra galaxia. Mira hacia la pareja y ve cómo se aleja hacia una de las barras que se han improvisado para el concierto. Están abarrotadas.

*

De manera que este es Pedro, el escritor del que me habían hablado. No se lo he dicho, pero llevo observándolo mucho tiempo, desde que lo vi por primera vez. Parece una persona muy peculiar. Me llama la atención el hecho de que siempre vaya tan solo, que sea tan independiente. Misántropo me consta que no es porque, si lo fuera, viviría apartado del mundo, del resto de las personas, en el campo, quizá en una montaña. Él no, siempre está entre la gente, habla con todos, se relaciona con todos, pero siempre llega solo y se va solo, como si no quisiera o no necesitara tener a nadie al lado para recorrer su camino. Tampoco creo que sea una persona egoísta, que vaya a lo suyo sin importarle nadie un comino. No huye del trato humano: cuando alguien lo busca, lo encuentra. Lo que me resulta más curioso es que él nunca busque a nadie, que esté siempre tan solo y sea por elección, no por condena. Puede que haya llegado al punto que llegan algunas personas, muy pocas, ése en el que, como escribió Georges Perec, se ha aprendido todo lo que no se puede aprender: la soledad, la indiferencia, la paciencia, el silencio. Desde luego, aquel que consigue asumir su soledad y contemplarla de manera positiva ha logrado ya mucho, más de la mitad de todo lo que puede lograrse en la vida.
A ver si vuelve ya María; no sé si va a querer otro cubata; como tarde mucho me voy a cansar de dar y recibir codazos y voy a dejar este sitio que he conseguido en la barra.

*

El domingo pasa lento y tedioso, con su mañana de sábanas arrugadas y habitaciones oscuras y su tarde de resaca y melancolía. Las caras de la mayoría de los clientes del Coral reflejan cansancio y el recuerdo imposible de un recuerdo inexistente, de lo que podía haber pasado el sábado y no pasó, de lo que podría haber ocurrido si ella hubiera querido, si él no se hubiera ido con la otra, si... Sólo algunos domingueros, matrimonios con trabajo e hijos ya mayores, se permiten consumir copas de las caras. Los habituales tienen dolor en la cabeza y nada en los bolsillos;  hablan poco, beben agua y fuman de prestado.
    
*


Ya es lunes. Feliciano, detrás de la barra y sentado en una de las neveras horizontales, lee las mentiras y desinformaciones del periódico. Malospelos, accidentalmente solo y dentro del bar, lo contempla en silencio. Son las cuatro y media.
—Oye esto —dice Feliciano—: "Una mujer acude a una clínica de cirugía estética para realizarse un implante en los pechos y ahora tiene cuatro". ¿Qué te parece?
—La ilusión de más de uno. Dicen que, como venimos del mono, como somos monos que hemos adquirido la verticalidad y perdido la facultad de trepar a los árboles sin problemas, todos tenemos seis pechos, dos en acto y cuatro en potencia. Esta mujer está ahora más cerca de nuestro estado natural, de nuestra forma de ser más antigua, menos evolucionada. —Benito lee todo lo que encuentra y entiende un poco de todo.
—Oye, pues sería flipante que todas las mujeres tuvieran seis tetas, ¿no?
—¿Y para qué, si sólo tenemos dos manos?
Benito le lleva ahora la contraria. Es la estrategia que usa para animar las conversaciones.
—¿Y la boca? —replica Feliciano.
—Te siguen sobrando tres.
—Pero, ¿qué necesidad tienes de acariciarlas todas a la vez?
—Yo me entiendo.
—Te entenderás tú, sí, pero los demás...
—El caso es que, según la naturaleza, las tetas están ahí principalmente para alimentar a las crías, no para que se las toquemos los hombres, y como los partos de más de un niño son tan raros, tantas tetas no tienen ya razón de ser.
—Tú dirás lo que quieras, pero ya me gustaría a mí pillar una con seis, o con cuatro, o... con dos mismamente.
Se abre la puerta del bar y entra Pedro. Llega un rato antes de la hora de la cita. Se acerca a la barra.
—Buenas tardes. Feliciano, ponme un café, por favor.
—Sin favor, hombre; es mi trabajo. ¿Solo?
—Bueno no; ponme también un vaso de agua.
Feliciano lo mira sin comprender un momento. Luego sonríe.
—Estás hoy graciosillo, ¿eh?
—Pues sí.
Mientras le pone el café, Pedro y Malospelos cruzan una mirada de aprecio.
—¿Qué tal va eso, Benito?
—Bien. Aquí, luchando.
—¿No trabajas ahora?
—Sí, en la construcción. Hoy estoy de descanso.   
Pedro tiene ya el café delante. Feliciano se incorpora a la conversación.
—Oye, Pedro: ¿tú habías quedado aquí con Andrés?
—Sí.
—Es que me lo he encontrado esta mañana y me ha dicho que te diga que no va a poder venir. Por lo visto le ha salido un trabajo en Madrid y está preparando todo para irse lo antes posible.
—¿Qué bien! Y... ¿de qué es el trabajo?
—Ni idea. No me lo ha dicho ni yo se lo he preguntado.
Pedro, aunque se alegre por fuera, se entristece un poco por dentro. ¡Ahora que había encontrado alguien con quien compartir sus inquietudes artísticas, se le va a Madrid! Tendrá que continuar su camino como hasta ahora, en la soledad más absoluta, sin mujer, sin amigos, sin colegas. Su vida es como la travesía del desierto.
(Continuará).

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